Dejar la vida de ciudad por irse a vivir al mar.slider_item_KaGKwD
Dejar la vida de ciudad por irse a vivir al mar.
Historias | Pachas

Dejar la vida de ciudad por irse a vivir al mar.

"Mucha gente dice que le encantaría vivir en la playa. Pero hay una diferencia enorme entre que te guste la playa para irte de vacaciones, y vivirla como una filosofía de vida."

Totis, que así le dicen a Sofía desde niña, hace año y medio dejó Bucaramanga por Salinas, un pueblo frente al mar. No fue un anuncio ni una decisión de un solo día. Fue dejar de hacer algo, poco a poco, hasta que ya no había nada que devolver.

No nos digamos mentiras: a todos nos ha picado la idea de mandar todo por la borda e irnos a vivir al mar. Lo que casi nadie cuenta es todo lo que se interpone entre esa idea y hacerla realidad. Totis tenía a su papá, que le había pagado tres carreras que dejó a medias, y el miedo de decirle que tampoco esta vez iba a terminar. Hasta consultó el tarot, esperando algo que confirmara lo que su miedo quería escuchar. Le salió que su vida en Salinas no iba a funcionar. Es fácil, cuando se tiene miedo, buscar una razón para no dar el salto. Casi siempre se encuentra.

Pero a veces hay que dar el paso, dejar que la vida fluya, escuchar la vida en lugar de las señales que uno mismo busca para justificar quedarse quieto. Eso hizo Totis: ignoró el tarot. Le dijo a su papá que ese semestre se quedaría trabajando en el hotel de su novio, y no dijo una palabra más. Nunca anunció que no pensaba volver; simplemente, semestre tras semestre, dejó de volver. "Ya entendió, y yo sé que ya no es necesario decirlo", dice hoy. No hizo falta un permiso, porque el que hacía falta no era el de su papá.

Ese salto cambia algo que va más allá de la dirección postal: cambia la vara con la que uno se mide. En la ciudad, dice Totis, uno crece pendiente de dónde viene, cuánto tiene, a cuántos conoce, y esa vara nunca deja de moverse porque siempre hay alguien con más. En el mar, se apaga. "Aquí no importa de dónde vienes, no importa cuánto dinero tienes, sino quién eres de verdad", dice. No es frase de cajón: la persona con la que más habla en Salinas es el que atiende la tienda del pueblo, algo que en Bucaramanga, reservado para el mismo círculo, casi no ocurría.

¿Por qué pasa esto frente al mar y no en la ciudad? Totis lo explica así: pararse frente a algo tan inmenso te hace sentir pequeño, pero sin dejar de sentirte valioso. En la ciudad todo es afán, cemento, gente corriendo sin saber para dónde va, y siempre hay algo con lo que competir. Frente al mar no. Uno deja de necesitar ser alguien, y empieza, simplemente, a ser.

Cuidado con romantizar esto de más: irse a vivir a la playa no es gratis. Ahí está la primera trampa: mucha gente que dice amar el mar en realidad ama unas vacaciones. Vivirlo como filosofía de vida exige renunciar a comodidades que casi nadie está dispuesto a soltar: el calor todo el año, la humedad, andar descalzo, la ausencia de agenda. Totis pone de ejemplo a su papá, que ama el mar cuando lo visita, pero jamás se mudaría, porque lo que a él lo incomoda no es el calor, es el descanso mismo.

La segunda trampa es más silenciosa, y ella cayó en ella al llegar: confundir mudarse al mar con estar de vacaciones para siempre. Se levantaba tarde, sin rutina ni trabajo fijo, dejando pasar los días como si estar frente al mar ya fuera suficiente. No lo era. Lo que la sacó de ahí fue una pregunta que se hizo en un cuaderno: qué la estaba alejando de ser quien quería ser. La respuesta fue la procrastinación, no la ciudad. El mar da el espacio; la disciplina la pone uno. Hoy se levanta a las cinco de la mañana, no porque la playa lo pida, sin

o porque decidió que esa era la vida que quería sostener.

 

Con la comunidad pasa algo parecido. En la ciudad sentía todo el tiempo la necesidad de pertenecer, de que la invitaran, una necesidad que nunca se llenaba del todo. En Salinas esa necesidad nunca nació; un día, simplemente, ya era parte de algo. La diferencia no es que el mar tenga mejor gente, sino que ahí nadie necesita demostrar nada.

Nos programan desde chiquitos para seguir un orden: colegio, universidad, trabajo, y solo al final, el descanso. Renunciar a la ciudad por el mar es invertir ese orden sin esperar a haberse ganado el derecho. No hay garantía de que salga bien. Totis lo sabía, y aun así decidió no esperar más.

 

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