Samith lleva más de una década entrando al mar antes de que la mayoría de las personas abran los ojos. A las 5:20 de la mañana ya está despierto, bañado y listo. No porque le toque, sino porque las mejores olas son en la mañana y como dice el "el que se queda dormido las pierde".

Creció en Puerto Colombia, un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce con todo el mundo y donde el mar no es un destino sino el fondo de todos los dias. Creció también en un ambiente difícil, en un barrio donde muchos de sus amigos de infancia tomaron caminos que no terminaron bien. De ese grupo original de amigos, hoy solo quedan dos: Alvarito y él.
El surf llegó a su vida a los 17 años, no como un sueño planeado sino como uno de esos encuentros que uno no busca y que terminan cambiándolo todo. Se metió en la ola de otro surfista, se enredaron las tablas, y ahí conoció a Ralphie (Rafael), que hoy es uno de sus mejores amigos. Desde ese día no ha parado.

Antes del surf, Samith quería ser mecánico de aviación. Lo piensa casi todos los días. Su familia no podía pagarlo, intentó dos veces ingresar al Sena, donde había 15 cupos para más de 5.000 aspirantes. No pudo.
Ese sueño postergado dice mucho de quién es. No es alguien que llega al surf porque no tenía otra cosa que hacer. Es alguien que ama entender cómo funcionan las cosas, que cuando se sienta en la ventanilla de un avión no puede dejar de mirar el ala, de preguntarse por qué se mueve así, qué significa cada sonido. Esa misma curiosidad es la que lo convirtió en el surfista que es hoy.
También restaura motos en su tiempo libre. Tiene una FR-80 restaurada y una Pfizer 150 modificada. Porque hay algo en trabajar con las manos, en entender cómo funciona algo por dentro, que le da una satisfacción que pocas cosas le dan.

Cuando se le preguntó qué le había enseñado el surf que no le hubiera podido enseñar el fútbol, el tenis o cualquier otro deporte. Se quedó un momento pensando y respondió: entender mejor su mente y su cuerpo.
El mar no es una cancha con medidas exactas ni una piscina con carriles. Es un espacio donde hay que negociar con algo mucho más grande que uno mismo. Samith lo describe con una claridad que sorprende: hay que ser respetuoso, hay que ser tranquilo, porque el mar no le debe nada a nadie.
"Hay días que surfeas increíble, hay días que no son tan increíbles. Ningún día es malo", dice.
Samith habla de las olas como oportunidades. Que pueden venir muchas, pero que la clave está en saber cuáles coger. Que no todas las olas son para uno, y que lanzarse a la que no es puede dejarte peor de lo que estabas. Que la selección, la paciencia, la lectura del momento, son cosas que se aprenden en el agua y que sirven para todo lo demás.

Eso no se aprende en un libro. Se aprende equivocándose, leyendo el mar, aprendiendo a esperar. Se aprende en la repetición de entrar y salir, de leer una ola y fallar, de leer la siguiente y acertar.
Samith lleva más de una década acumulando ese conocimiento. Y hoy, desde su escuela Somos Surf, se lo pasa a otros.
Somos Surf nació de una metodología propia, construida desde adentro, sin seguir los manuales de nadie.
"Cuando tú coges una manía, borrarla es extremadamente difícil. Tienes que tener una buena metodología que te acompañe desde el principio", dice.
Por eso crearon sus propias metodologías, seis en total, adaptadas a las condiciones físicas y necesidades de cada persona. Cada sesión tiene un objetivo específico. Nada se deja al azar.
Además del surf, Samith hace apnea y pesca selectiva. No pesca en volumen, pesca lo que va a comer. Sale, encuentra el pescado, lo observa, a veces lo persigue durante horas, y cuando por fin dispara, es un solo tiro. Cuando llega a casa con el pescado, lo cocina fresco y lo comparte con quienes están ahí.
"Saco mi pescadito, voy a la casa y agradezco con todo el corazón", dice.

Hay algo en esa forma de relacionarse con el mar que va más allá del deporte. No como un recurso que se explota sino como algo que uno visita con respeto y del que toma solo lo necesario.
Cuando se le pregunta qué significa el agua para él, la respuesta lo dice todo. Todo lo que tiene hoy, dice Samith, lo tiene gracias al surf. Su casa. Su relación con Alina. Sus amigos. Su relación con su familia. Los viajes, las marcas con las que ha trabajado, el respeto que se ha ganado en su comunidad.
El surf le abrió un mundo completamente diferente al que venía. No porque sea un deporte glamoroso, sino porque le enseñó a estar completamente presente en donde está.

Uno no puede entrar al mar pensando en otra cosa. El mar no te lo permite. Y esa exigencia, practicada durante años, termina siendo una forma de ver el mundo.
Paz!