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El arte de ser zapatero, un oficio de paciencia
Historias | Pachas

El arte de ser zapatero, un oficio de paciencia

Don Pedro lleva 40 años en el oficio de zapatero. Don Jhon Jairo, 30. Los dos llegaron de formas muy distintas, y cada uno nos cuenta su historia.

El oficio del zapatero es uno de los más antiguos del mundo. Ha sido un arte por cientos de años, artesanal por su misma naturaleza. Un trabajo de las manos que en muchos casos se hereda, que pasa de padre a hijo o de maestro a alumno.

Don Pedro y Don Jhon Jairo llegaron al oficio por caminos diferentes y, después de décadas, siguen enseñándonos la importancia de hacer las cosas con pasión y dedicación.

En la casa del abuelo de Don Pedro, en Palmira, había una regla: se estudiaba o se trabajaba. Bajo esa premisa se decidió que a su padre le iban a conseguir un profesor para que le enseñara el arte de la zapatería. El porqué de esa decisión nunca se supo. El caso es que fue el inicio de una tradición que lleva más de 80 años.

Fue así como Don Pedro creció viendo a su padre en el taller. A veces se quedaba en las tardes acompañándolo, otras aprovechaba cuando le llevaba el almuerzo para quedarse observando cómo las piezas empezaban a coger forma de calzado. Don Pedro tuvo la habilidad de aprender el oficio sin clases formales ni un currículo estricto. Así empezó en un arte en el que hoy lleva 40 años, que emprendió formalmente cuando tenía 16.

Inicialmente trabajó bajo la supervisión de su padre como ayudante, pero rápidamente llegó el momento en el que estuvo listo: le dijeron que ya sabía suficiente para trabajar solo. Con el tiempo aprendió que saber hacer todo el zapato, de principio a fin, era lo que lo hacía valioso. "Si uno sabe hacer todo, siempre va a tener trabajo", dice.

"El secreto es el gusto por el trabajo. Una persona que tenga el gusto va a hacer las cosas bien porque le gusta", nos comenta Don Pedro.

Don Jhon Jairo también creció en una casa de zapatería. Su familia ejercía el oficio y él, por pura curiosidad, terminó entendiendo y aprendiendo sus secretos. Sin embargo, contrario a Don Pedro, quería ser militar. A los 17 años decidió presentarse a la escuela de suboficiales, pensando que ahí iba a cumplir su sueño. Terminó prestando servicio por 7 años, hasta que un día decidió que no quería más: esa vida no era para él.

"Uno va allá con una expectativa, con un mundo en la cabeza, y cuando llega se encuentra con una realidad totalmente diferente", recuerda. Ya era casado, tenía hijos, y cada vez que llegaba a casa, después de estar meses por fuera, los veía más grandes. Así que decidió retirarse.

En los años siguientes pasó por varios trabajos: prestó seguridad, fue escolta, hasta que un día un familiar le dijo: "Jhon Jairo, usted ya sabe un arte, ¿qué está esperando? ¿Por qué no se dedica a eso?"

Fue así como volvió a la zapatería. Aprovechó que su familia ya estaba ahí, que era algo que él ya conocía y sabía hacer. Han pasado 30 años y él sigue ahí.

"Todo lo que tengo y todo lo que he conseguido se lo debo a la zapatería" dice Don Jhon Jairo.

Hay algo en el oficio del zapatero que es muy particular de los trabajos de las manos, y es que su maestría se alcanza en la repetición, en hacer lo mismo una y otra vez, un ejercicio casi meditativo. Lo haces con una pieza, luego con la siguiente y con la siguiente. Lo particular que tienen los buenos zapateros es la capacidad de hacerlo por años, sino décadas. Es ahí, finalmente, donde la magia ocurre: en esa constancia que casi nadie está dispuesto a sostener, pero que es exactamente lo que los convierte en los maestros que son.

En un mundo lleno de automatizaciones y velocidad, son ellos los que cuando uno los ve trabajar le bajan el ritmo. No porque sean lentos, sino porque cada pieza, cada calzado es ese calzado. No es el siguiente, no es el anterior.

El zapatero es, al final, alguien que transforma. Coge materiales planos, fríos, sin forma, y los convierte en algo que acompaña a una persona en sus viajes, en sus días, en sus pasos. Hay mucho de cuidado en eso. Mucho de oficio bien hecho.

Los oficios de las manos suelen ser grandes maestros, y no solo del oficio, sino de la vida. A ustedes, los zapateros, gracias.

Paz!

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